La dama de blanco, Wilkie Collins
84-663-0509-2
The Woman in White, 1859
920 páginas dan para mucho, pero éste no es el caso. El argumento ha sido clasificado como de mistero, pero lo cierto es que no; desde mi punto de vista, la obra no es más que una novela costumbrista de la época, folletinesca ella, ambientada en la clásica época de gente de bien -léase aristócratas ellos- y con un argumento bastante dickensiano.
Independientemente de la clasificación que hace el autor en partes, la obra está dividida en dos; diremos que en la primera -hasta la página cuatrocientos y pico-, el argumento se arrastra miserablemente lento, casi desesperante. Son tantas las florituras sentimentalmente insulsas que llega un momento en que quedas completamente empalagado de tanto dulzor, sobre todo las provenientes del dibujante Hartwright; casi es una bendición cuando retoma el hilo de la narración la hermanastra de Laura, más hombruna ella, más rigurosa y más formalmente narradora. Y es que en esta obra los papeles están cambiados; la hermana de Laura es casi un chico, el hermando de Laura es casi una chica -hasta puntos un tanto risibles-, y Hartright (ciervo de derechas) se encuentra entre medias, a caballo entre un hombre de la época y algo un tanto más deslavazado. Quizás sea éste el límite al que se atrevió llegar Collins para hacernos ver que en su época también había chicos que eran chicas y chicas que eran chicos.
En la segunda parte la acción se dispara. Y digo dispara en relación a la primera, porque es ahora cuando la obra se convierte en una novela y deja de ser una descripción paisajística de interiores y exteriroes, tanto humanos como de valles y colinas, casas y jardines. El ritmo crece hasta convertirse en algo más razonable, y comienzan a producirse los hechos que llevan al final, a la solución satisfactoria de todos los problemas, con Laura restaurada a su grandeza por sus más íntimos amigos.
Pobre Laura, llevada de aquí para allá, zarandeada tanto por los buenos como por los malos (y aquí los buenos son buenos siempre y los malos, malos siempre), marioneta movida por hilos invisibles, sin caracter, sin pretensiones, sin vida interior, mero vehículo para que Collins se explaye en los interiores de casi todos los demás personajes, olvidando a la pobrecita en su triste y zarandeada soledad.
¿Quién ha dicho que la telenovela es un invento moderno? Para aquellos que así lo afirmen, que hagan el favor de leer el libro, que se van a llevar una gran sorpresa.
Parece que Collins se cansa de escribir, pues el ritmo se va acelerando continuamente, para llegar a un final un tanto ultrarrápido -la confesión de Fosco y sus momentos finales-, o quizás se estaba saliendo de tamaño dada la extensión de la obra, de forma que sus lectores ya estaban cansados de ver cómo se iba alargando la trama. Recordemos que la novela se publicó por entregas, y posiblemente se fuera escribiendo también por entregas.
La obra se ha considerado como de misterio. Yo considero que no es cierto, puesto que el misterio del conde, y otros que quedan sin resolver pero que el atento lector seguro adivina, no son mucho más diferentes que los de otras obras, en las que el duque robó el título, el hijo de tal es de cual y fulanito es, en realidad, el heredero al trono (por poner unos ejemplos). Ya sé que la divisoria es muy fina, sobre todo en las obras que marcan el comienzo de un género, pero lo cierto es que, mientras que La Piedra Lunar (próxima relectura) sí es policiáca, ésta no es de mistero. Esto es, por supuesto, una opinión completamente personal.
