Las mujeres y las despedidas
Ayer estuve de visita en Torrevieja, playa y barbacoa, más que nada por llevar a mi madre, en el chalet que unos familiares tienen alquilado casi al lado de la arena. Hace como 15 años que no he ido a la playa si no ha sido por trabajo, pues es lo que más odio de todo, máxime cuando tienes que ir dando saltitos sobre la gente… En el caso de ayer, y sólo por lo que oí, pues no me acerqué, no se veía la ni el agua… Sinceramente, lo odio.
Pero el motivo de escribir esto no es ese; el motivo es muy diferente. Yo no suelo ser muy social, sobre todo si los temas a tratar son fútbol, tetas y culos, coches y vuelta a empezar y a repetir lo mismo otra vez. Pero a veces me veo condescendiendo a ceder, por directiva paterna o fraterna principalmente, más o menos como ayer.
Llegas a un lugar de visita. Te reciben. Estás por allá y por acá. Se forman grupos -generalmente chicos con chicos y chicas con chicas, pero no siempre. Y hablas. O hablan. Te pasas el día entero que “si por aquí, que si por allí, que si esto, que si lo otro”. Porque cuando vas de visita no sueles ver la tele, ni te vas al bar a hacerte unas cañas, o si te vas es en compañía, por lo que sigues hablando… Bueno, la cuestión es que pasa el día y llega la hora de irte. Con los hombres -o al menos los que yo conozco-, es fácil. Adiós, un choque de manos a los chicos, dos besos a las chicas -tres si son holandesas-, te vas para el coche, lo arrancas y…
¿Qué descubres? Que las chicas siguen hablando. Por ti te habrías ido hace dos horas, pero por ellas esperas pacientemente hasta que ellas mismas deciden que se van. Pero siguen hablando en la puerta, subidas en el coche, cuando arrancas, sacan la cabeza por la ventanilla… Y lo bueno es que, como ya se lo han contado todo, ahora hablan de tonterías…
Joder, si queréis seguir hablando, pues no digáis que “nos vamos”…
