Jules Verne: El soberbio Orinoco
Ediciones Orbis, S. A., 1988
84-402-0148-6 y 84-402-0149-4
Edición de Pedro Heredia
RBA Coleccionables, 2002
84-473-3007-9
Edición de Saénz de Jubera
Le Supérbe Orénoque, 1898
Lectura 004/2006
La traducción en las dos ediciones consultadas es casi idéntica, excepto el cambio de ciertas palabras y expresiones que al final terminan significando lo mismo, por lo que considero ambas como perfectamente válidas. La ventaja de la Orbis consiste en la separación en dos volúmenes -como el original-, y el amplio contenido en grabados, de los que la segunda casi carece. Por otro lado, la de RBA está encuadernada en tapa dura símil cuero, con punto de lectura y la fuente es mucho más agradable y espaciada.
Obra de la segunda etapa -no por la fecha de publicación sino por el contenido-, lo que prima es la aventura sobre el positivismo y la ciencia aunque, siendo sinceros, aventura hay poca. Tenemos a un sargento francés llamado Marcial y a su sobrino Juan de Kermor en el Orinoco, en un viaje de búsqueda paterna que remontará el río hasta casi sus fuentes. La aventura está, pues, en el remontar el río, con las vivencias ocurridas y las descripciones de paisajes y paisanos, tan caras al autor.
El lado científico viene de dos exploradores, también franceses, que se unen a la expedición; pero lo que le podría haber dado a Verne alas para, de boca de los exploradores, describir ampliamente se queda en absolutamente nada. Lo mismo que exploradores podrían haber sido vendedores de lechugas.
Y la vis cómica, prontamente abandonada, nos la traen tres geógrafos que discuten sobre qué afluente es el origen del Orinoco (cada uno de ellos tiene su favorito), sin recordar que, aparte de los afluentes, ya hay un río llamado Orinoco, que viene de mucho más arriba de la incorporación de los citados afluentes. La discusión se tornará si cabe más absurda en el último capítulo del libro, cuando Juan los vuelve a encontrar.
También hay un malo maloso, que no aparece hasta pasada más de media novela, un tanto deslavazado y artificial, seguramente impuesto ahí por motivos del guión. Porque no hay novela de aventuras sin trama amorosa y sin malo que complique las cosas.
Por supuesto, hay misterio, un misterio que el lector avispado desvelará enseguida. Y aquí tengo dos teorías. La primera, que considero la menos problable, es que Verne quiso esconder al lector el golpe de efecto final, pero que lo hizo tan mal que transparentó el asunto. Pero lo más probable es que el autor lo quisiera así, para interesar aún más al lector, hacer más interesante una acción casi inexistente y deslavazada, pues esta novela no tiene la fuerza de otras.
No vamos a desvelar el final, pero sí diremos que, como toda obra verniana, el final es un final feliz, con la chica casada, el padre encontrado y los malos muertos. Y quien lea el libro no podrá acusarme de haberlo hecho.
Los personajes son planos, un poco menos los dos exploradores pero al final más planos que de costumbre, y los diálogos pobres, muy pobres. Falta gancho, intensidad, nudo. Por un lado tenemos al sargento Martial o Marcial, buen nombre para un vigilante, militar de profesión. Y el padre Esperante, padre en ambos sentidos, oculto, esperando (de ahí el nombre) la llegada de su retoño en los confines más recónditos de la selva.
Una de las cosas que me he dado cuenta leyendo este libro es que Verne era ecologista. Ya lo he dicho en los comentarios a otras obras: en todas ellas, y siempre que puede, predice el agotamiento de los recursos naturales por la sobreexplotación; en este caso se trata de los huevos de tortuga.
