Elizabeth Moon: La velocidad de la oscuridad
Ediciones B, Col. Nova nº 183, 2005
84-666-2139-3
The Speed of the Dark, 2003
Rústica, 390 páginas.
Lectura número 0010/2006
Difícil me resulta hacer el comentario de este libro, y no por un motivo, sino por muchos, porque se trata de una obra diferente, especial, única. Y encima porque me ha gustado más allá de cualquier consideración.
Lou Arrendale es un hombre, autista de alto rendimiento, expresión cuyo significado podría ser el de un autista casi normal, pero con limitaciones que impiden su integración total dentro de la sociedad. Lou trabaja en una compañía farmacéutica junto a otros de su misma condición, en lo que al parecer es una sección destinada al cálculo molecular; tiene amigos que son personas no autistas, que lo valoran independientemente de sus limitaciones e incluso él está enamorado de una chica que le corresponde.
Es en este contexto en el que se desarrolla la acción, narrada en primera persona mediante el pensamiento de Lou, por lo que llegamos a captar las limitaciones de su mente, pero terminamos dándonos cuenta de que éstas no son tal, sino que se trata de una visión diferente (y en cierto modo más lógica) de la sociedad.
Y es que Lou, pese a ser autista, es un genio en reconocimiento de patrones, memorización y, en general, ciencias. Y una de las cosas que convierten a este libro en algo especial es que el lector las ve y las comprende; de hecho, en todo momento, el lector es Lou.
Muchas son las cosas que la autora nos quiere decir y, magistralmente, lo consigue; quizás la primera de todas consista en demostrarnos que una persona disminuida física o psíquica continúa siendo un ser humano perfectamente válido y con todos sus derechos, sobre todo si es útil a la sociedad, como es el caso de Lou. Y, siguiendo el razonamiento, otras personas normales no son, precisamente, un dechado de bondad y necesitan corrección. Ya lo entenderá quien lea el libro.
Lou es sensible, más sensible que la mayoría, y sufre enormemente por ello, y la autora es capaz de reflejarlo fielmente en el texto; vemos con los ojos de Lou y lo que es todavía más maravilloso, llegamos a sentir lo que Lou siente y nos identificamos con sus problemas y sus ideas.
La acción se lleva a cabo en un futuro tan cercano, que la problemática vertida en el libro es completamente actual. Sin embargo -y es un “sin embargo” enormemente flojito-, existen elementos un tanto irreales, como la actuación policial, demasiado bonita para ser cierta; nuestro personaje se encuentra inserto en una sociedad excesivamente utópica, a mi modo de ver, pero eso no quita ningún valor a la novela, sino que simplemente es un hecho más.
El libro es bastante profundo, pero no tanto como para resultar pesado de leer; más bien resulta incluso más ameno por ello. De la lectura, sin ánimo de ser exhaustivo, he entresacado una serie de frases que, considero, valen su peso en oro; seguro que hay más, pero no me he dado cuenta de ellas. Ahí van:
“Las cosas que no me gustan son tan realidad como las cosas que me gustan”.
“No miro su colada; es de mala educación mirar la colada de una mujer porque puede haber ropa interior. A algunas mujeres no les gusta que los hombres miren su ropa interior. A algunas sí, y eso es confuso, pero la señorita Kimberly es vieja y no creo que quiera que vea la ropa rosa de encajitos que hay entre las sábanas y las toallas. Yo no quiero verla, de todas formas.”
“… la segunda lavadora empieza a centrifugar. … establecí la relación entre la fuerza de fricción que detiene la rotación y la frecuencia del sonido que produce. Lo hice yo solo, sin ningún ordenador, y por eso fue más divertido.”
“-¿Cómo piensa el señor Crenshaw que perdemos el tiempo? -pregunto yo.
Bailey asiente.
-No perdemos tanto tiempo como pierde él andando por ahí con cara de enfadado -dice Chuy.”“Todo es saber por dónde empezar. Si empiezas por el lugar adecuado y sigues todos los pasos, llegarás hasta el final adecuado.”
“No comprendo las reglas para interrumpir. Siempre me parece de mala educación interrumpir a otras personas, pero las otras personas no parecen pensar que sea de mala educación interrumpirme a mí en circunstancias en que yo no debería interrumpirlas a ellas.”
Cierro el comentario recomendando encarecidamente la lectura del mismo, y aprovecho para citar una parte del texto de la contraportada que pertenece al periódico St. Lauderdale Sun-Sentinel: “Muy de tarde en tarde, uno se encuentra con un libro que es a la vez un importante logro literario y una experiencia de lectura que absorbe por completo; un libro con ideas provocadoras y una historia igualmente apasionante.”
