Alejandro Dumas: Veinte años después
Círculo de Lectores, 2003
84-672-0303-X
Vingt Ans Après
Traducción de Joaquín Gallardo.
Lectura número 0020/2006
Continúan las aventuras de d’Artagnan, pero han transcurrido veinte anodinos años y nuestro personaje es teniente de los mosqueteros de rey desde todo ese tiempo. Ya no gobierna el cardenal Richelieu, sino Mazarino, amante de la reina y ser bastante melifluo y desdibujado, casi lo opuesto de su predecesor. El rey ha muerto, y su hijo apenas es un niño.
En este ambiente, descrito en los primeros capítulos, vemos aparecer a d’Artganan, hastiado de su puesto, olvidado de todos a los que ayudó, que vive amancebado con una hostelera.
Pero pronto las cosas se enmarronan y Mazarino se ve obligado a buscar sus servidos. D’Artagnan, emocionado, va en busca de sus antiguos amigos para hacerlos partícipes de sus nuevos cometidos. Pero la vida, que a todos cambia, también lo ha hecho con sus camaradas. Aramis está más comprometido que nunca, y Athos, a la chita callando, pertenece a la oposición de d’Artagnan. El único que va a apoyar a nuestro personaje es el bonachón –y no muy inteligente- de Porthos.
Igual que en la novela anterior, la política está revuelta, pero más: el pueblo se subleva contra el gobierno por la enorme cantidad de impuestos y el maltrato que los poderes fácticos hacen sobre los ídem populares (¿de qué me suena a mi eso?), el cardenal Mazarino es más tacaño que el judío de Héctor Servadac o que el Torquemada de Galdós, y ciertos nobles, por un quítame allá esas pajas (encomiendas prometidas y no concedidas, gobiernos no asignados, etc.), se encuentran del lado popular.
Y d’Artagnan junto a Porthos al lado de Mazarino, y sus dos compañeros del opuesto. La acción se promete épica, tal y como así sucede. Toda aventura emprendida por cada uno de los dos grupos de compañeros se ve siempre coronada por el éxito… mientras no choquen entre sí, cosa que ocurre al menos dos veces: durante la liberación de no me acuerdo quién y en Inglaterra, en las luchas internas entre el rey Carlos y Oliver Cromwell.
Me encanta el desarrollo de la novela, perfectamente imbricado con la narración histórica, distorsionada esta cuando así interesa a Dumas. En algún otro lugar he dicho que Veinte años después no está a la altura de Los tres mosqueteros, cosa que observo no es cierta. Ambas novelas son igual de trepidantes, la acción está presente en todo momento, y en ambas se respira ese aire de viveza y frescura novelesca. Quizás fue la traducción, quizás fue el formato en que lo leí (si no me equivoco, el folletón original de la primera publicación en castellano, en un papel muy malo y envejecido que apenas permitía leerlo bien), pero lo cierto es que esta segunda parte iguala, si no supera, a su antecesora.
El tema central de las dos novelas es la amistad, una amistad sincera y compenetrada que se encuentra más allá de toda duda, que se sobrepone a las misiones, ideologías y a la acción; nuestros mosqueteros son amigos de verdad, su amistad los convierte en un núcleo incorruptible e incorrupto, en una entidad capaz de asustar al mismísimo cardenal, que los encierra por separado para no tener que ocupar a dos compañías en su custodia, y aun así nuestro ínclito gascón es capaz de escaparse, arramblando en su huida con el mismo cardenal; el final es apoteósico, digno de la mejor novela épica: d’Artagnna tiene en sus manos el destino de Francia, al cardenal, a la reina, al rey. Y cansado de tanto juego de poder, de tantos cambios de pensamiento e ideología, de tantos enfrentamientos casi sin sentido, decide actuar y poner las cosas en su sitio… Las páginas finales del libro son inigualables en su intensidad y su fuerza.
Dumas no se corta. Dumas cuenta las cosas como son, sin tapujos. Qué fácil vuelven los nobles al redil cuando les son restituidas sus encomiendas. Qué fácil se vuelve a abandonar a ese pueblo que ha sido utilizado para los intereses personales de tres individuos sin escrúpulos, que han muerto por lo que ellos pensaban era una causa justa y no era más que otro enfrentamiento por dinero, por tierras y por poder… Qué fantasía más real, tan real –y actual- como la vida misma.
