Conforme me voy adentrando en la obra de Dickens, menos me gusta. No sé si será por el tono barroco y rococó con el que escribe, o si se trata de la enorme parsimonia con la que transcurren las páginas, pero lo cierto es que cada vez se me hace más cuesta arriba leerlo.
Poco voy a comentar de esta obra. Lenta, muy lenta, aquí casi no hay pobres, pero sí esposas fugadas, maridos cornudos y amantes desechados y suicidados… Entre medias, una dulce criatura alejada de lo que más ama, y otros personajes accesorios pero necesarios para el buen final típico del autor.
Ciertamente uno se distancia de la novela cuando muere el hijo de Dombey, casi al principio de la misma (es decir, cuando teniendo en cuenta el tamaño del libro, otros acaban), y lo demás deja de interesarle para centrarse, quizás, en el final con el encuentro de la hija y su enamorado…
Una cosa que me ha llamado seriamente la atención es la traducción, realizada, como todas las de esta serie de libros, por José Méndez Herrera; como las obras de Dickens están bajo el dominio público, se encuentran disponibles en el Proyecto Guttenberg. Pues bien, me da en la nariz que el citado no traduce, sino que recrea. Los párrafos tienen el doble de largo, y la construcción gramatical es bastante diferente, tanto, que me da que el texto original es bastante más fluido y menos barroco…